miércoles, 8 de agosto de 2012

La Cosecha

CAPÍTULO 2 Durante el trayecto desde la playa hasta mi casa no me encuentro con nadie. Todos están en sus casas, esperando impacientes a que sean las dos en punto, para poder ir al Edificio de Justicia. Para algunas familias que sus hijos sean tributos es un honor. Para la mía no. Mis padres no han tenido mucha suerte con los Juegos. La mejor amiga de mi madre cuando era adolescente había ganado unos, pero murió pocos días después por culpa de las heridas. Y luego está...está... Jason. Mi hermano mayor. Al recordarlo no puedo evitar empezar a llorar. Jason. Murió cuando yo tenía unos diez años, a la edad de quince. No me acuerdo muy bien de él. Alguna vez veo imágenes, sin orden alguno de él. Pero siempre son las mismas: él y yo jugando en la playa, sentados mirando las estrellas, cuando faltamos a clase para que me enseñara a nadar, comiendo galletas a escondidas... Ese tipo de cosas que hacen dos hermanos. Su muerte no me sentó nada bien. Creo que fue a la persona a la que más le afectó, incluso más que a su novia o a mis padres. Recuerdo que estaba pegada al televisor. Mi hermano era uno de los finalistas, por lo que ya me habían entrevistado un millón de veces. Y yo siempre decía lo mismo: “Mi hermano ganará. Estoy segura” repetía una y otra vez sonriendo a todo Panem. Cuando pasó estaba a punto de irme a la cama (estaba comiendo galletas), pero antes me asomé otra vez al salón para poder decirle las buenas noches a Jason, como siempre. Entonces me di cuenta de que en la pantalla no estaba él solo. Estaba con otro tributo. La chica del distrito 2. Ambos se enzarzaron en una pelea y después de varios segundos de angustia, Jason consiguió desarmar a la chica. Por un instante, de verdad pensé que iba a volver. Que estaríamos los dos juntos otra vez, como si nada hubiera pasado. Pero me equivoqué. En cuanto desarmó a la chica, se dispuso a dar el toque de gracia, pero algo lo frenó. La cámara bajó hasta su pecho y pude ver la empuñadura de un cuchillo clavada, la chica le había lanzado un cuchillo que tenía escondido. Entré corriendo en el salón y fui directa hasta la pantalla, sin dejar de gritar el nombre de mi hermano, pero resbalé con una de las galletas que había tirado pocos segundos antes y caí al suelo. Mis padres me miraron sorprendidos porque no querían que viese a Jason, pero yo veía la tele siempre que ellos no estaban. En la pantalla, pude contemplar cómo mi hermano caía al suelo lentamente, se quedó boca abajo, con un charco de sangre a su alrededor hasta que sonó el cañonazo. Me pasé los siguientes dos días llorando, sin salir de mi habitación. Y hasta tres semanas después no conseguí pegar ojo. Pero todavía tengo pesadillas en las que veo a Jason a un metro de mí, tirado en el suelo, y no puedo hacer nada. Sacudo la cabeza para quitarme esos pensamientos tan sombríos de la cabeza. Sigo sin superarlo y creo que cada vez que lo pienso me duele más. Giro hacia la izquierda y entro en casa, mis padres ya no están en la mesita del jardín que está ya está recogida, así que supongo que ya estarán dentro. Entro por la puerta de la cocina y no les encuentro allí, subo las escaleras, entro en mi habitación y me pongo la ropa que mi madre ha elegido para el día de la cosecha. Una falda, una blusa de un azul casi transparente, unos zapatos negros y una camiseta de tirantes negra, para ponérmela debajo de la blusa. Me miro en el espejo y hago una mueca. Me gusta todo, exceptuando la falda, además, es bastante corta. Así que abro el armario, me cojo unos pantalones azules ajustados (bastante viejos, por cierto), me quito la falda y me miro en el espejo. “Perfecto” pienso” Esto está mucho mejor”. Salgo de la habitación y al bajar las escaleras me encuentro a mis padres, dándome la espalda. Están hablando en voz baja en el sofá y mamá parece a punto de estallar a llorar. Supongo que están hablando de Jason. Contengo las lágrimas y me acerco a ellos lo más feliz que puedo. -Ya estoy lista. Ambos se dan media vuelta y me dirigen una sonrisa forzada. Después de varios segundos de silencio, mi padre lo interrumpe: -Estás muy guapa, Alexis. -¿Qué has hecho con la falda?-pregunta entonces mi madre. -Gracias-respondo ignorando la pregunta de mi madre-.Bueno... ¿nos vamos ya? Ambos se miraran y asienten. -Vale. Voy a buscar a Fate-digo antes de que mi madre volviera a sacar el tema de la falda y salgo precipitadamente por la puerta. Continúo corriendo a lo largo de la playa hasta que llego a una casa casi igual que la mía. Me dispongo a llamar al timbre cuando un chico, de unos diecisiete años abre la puerta y se queda mirándome. Sus ojos marrones me escrutan como si fuera un bicho que había que exterminar. Después lanza una sonrisa maliciosa y grita: -¡FATE! ¡Ya ha llegado tu novia! -¡Cállate ya, Tom! ¡Y CUANTAS VECES TE TENGO QUE DECIR QUE ALEXIS NO ES MI NOVIA!-grita Fate desde algún punto de la casa. Tom ríe mientras sacude la cabeza y después me mira fijamente. -Siempre es así de cabezota. -Lo sé-respondo secamente-Le conozco desde hace mucho más tiempo que tú. -Si claro. Lo que tú digas, pequeña. Y pasa mientras esperas a tu príncipe azul. Si existe alguien más odioso en el mundo que el Capitolio o Snow (cosa que ya es muy, pero que muy difícil), ese es Tom. Primo hermano de Fate. Se había mudado con él hacía algunos años, cuando su padre desapareció en el mar, su madre había muerto al darle luz. Pero aun así es un engreído. La primera vez que me vio me trató como si fuera un microbio (ahora también lo sigue haciendo) pero desde que se enteró de que Fate y yo llevábamos siendo amigos hasta donde llega la memoria de cualquiera que nos conozca, se empeñó en que ambos estábamos tremendamente enamorados el uno del otro y siempre que nos veía juntos sacaba el tema. Es decir, todo el día. Creo que lo máximo que ha aguantado sin decirnos “tortolitos”, “parejita feliz”, “hechos el uno para el otro” o cosas por el estilo ha sido... unos...¿ quince, veinte segundos? Lanzo un bufido y entro, mientras que Tom me mira de reojo. -Vienes hoy muy sexy. ¿Por fin tienes una cita con mi primito? -¡Cállate!-le espeto todo lo enfadada que puedo, pero no puedo evitar sonrojarme. Tom se da cuenta y sonríe. -Lo que tú digas... pero estarías mejor con una falda. O tal vez con bikini. Sí. Siempre está incordiando. No te puedes relajar ni un segundo. -¡Alexis!-oigo una voz desde la cocina. Entonces, una persona se abalanza sobre mí y por poco me tira al suelo. Bajo la vista, sonrío y abrazo a la niña que me estrecha entre sus bracitos. -Hola, Kim. ¿Qué tal?-saludo a la hermana pequeña de Fate. -Muy bien. ¿Y tú?-me responde sonriente. Lo único que hago es sonreír. No quiero que la joven Kim me vea preocupada por la cosecha. Ella todavía no es lo suficientemente mayor para que su nombre entre en la urna. Pero por desgracia, al año que viene sí lo será. Para ella siempre he sido como su otra hermana. Me agacho y me quedo cara a cara con ella. Sus ojos verdes brillan de felicidad, como cada vez que me ve y su precioso pelo rojo está recogido en una bonita coleta. Le doy con el índice en la punta de la nariz y digo: -Cada día estás más guapa. -Gracias...-responde tímidamente-. Tú sí que estás guapa. -Ohhh. ¡Que bonito!-exclama Tom detrás mía en tono burlón. Me doy la vuelta para decirle cuatro cosas pero detrás de él aparece Fate, sonriendo como siempre. -Déjalo ya-después se gira para mirarme-. Hola, Alexis. Estás muy guapa. -Gracias-digo sonriendo- Tú también. Y veo que te has puesto una camiseta-añado riéndome. Sonríe. Va con los pantalones azules que se pone casi siempre para el instituto, pero había hecho algo con ellos, no puedo decir el qué, pero le quedaban mejor; unas botas algo desgastadas y una camiseta que no he visto en mi vida. Aunque claro, rara vez veo a Fate fuera del instituto con camiseta. Y esa le queda bastante bien, tengo que reconocer. Es muy ajustada y se le pega al pecho, haciendo que se le noten aún más sus fuertes músculos. Ambos nos miramos y empezamos a reírnos nerviosamente. Pero... ¡cómo no! Tom se entromete. -¿De verdad que no estáis saliendo? Porque si no fuera tu primo diría que... -Hola, Alexis-saluda una señora de mediana edad que acaba de entrar en el salón. -¡Mamá!-grita Kim mientras va a abrazar a su madre. -Buenos días, señora Evenlak-saludo cordialmente. -¿No te ibas a poner una falda?-pregunta extrañada- Tu madre me dijo que ibas a estrenar una... -¿Te vas a poner una falda?-pregunta entusiasmada la pequeña Kim-. Estarías guapísima si te pusieras una falda. Pero... -Bueno...-respondo nerviosamente- Vamos a dejar el tema de la falda a un lado-me giro hacia Fate- ¿Nos vamos ya? -Claro. Adiós, mamá. Kim- va hacia su hermana, la coge en brazos, le da un beso en la nariz y se acerca a la puerta, donde le estoy esperando-. Esto... nos vemos luego en la cosecha, Tom. -No os entretengáis por el camino, tortolitos-se despide él mientras cerramos la puerta detrás nuestra. Salimos de su casa y empezamos a andar hacia el Edificio de Justicia. -¿Tú primo siempre tiene que ser tan… irritante? -Es su manera de ser-me responde Fate-. No tiene otra cosa que hacer y al parecer eso de decir que estamos enamorados le divierte. -Pues que quieres que te diga. A mí no me hace mucha gracia. Ambos nos quedamos en silencio hasta que Fate empieza a reír a carcajadas. -¿Qué pasa? -¿Te imaginas cómo reaccionaría Tom si estuviésemos saliendo de verdad? Por un momento aparto de mi mente todo. La cosecha, los Juegos, la playa, Jason, la falda... y pienso en la cara de bobo que pondría Tom si Fate y yo empezáramos a salir. Empiezo a reírme. Primero con una risita, luego con una risa y finalmente con una gran carcajada que no sé cómo no me paro allí mismo para acabar tirada en el suelo partiéndome. Le contagio la risa a Fate y llegamos los dos a la plaza que había enfrente del Edificio de Justicia riéndonos como si nos hubieran lanzado bombas con el gas ese de la risa. Pero en cuanto vemos la seriedad que nos rodea paramos y adoptamos una posición más seria. Cada uno nos ponemos en una fila y a los dos nos pinchan para sacarnos un poco de sangre. Después nos reunimos en el centro de la plaza. -¿Ves a alguien conocido? Escruto todas las caras adultas que rodean la plaza, muchas de ellas angustiadas, pero muchas otras orgullosas. Pero ni rastro ni de mis padres ni de los de Fate. Pero estos últimos aparecen en un lugar a mi derecha y nos saludan con la mano. Hacemos lo mismo y puedo vislumbrar el largo pelo negro de mi madre a pocos metros de ellos. Vale. También están aquí. Conmigo, dispuestos a apoyarme pasara lo que pasase. También consigo ver a la pequeña Kim que me lanza una gran mirada de apoyo. Después Fate y yo nos despedimos con un par de sonrisas tensas y unas miradas nerviosas. Me dirijo hacia el lado izquierdo de la plaza, donde se encuentran las chicas. Busco un espacio en el sitio reservado para las chicas de catorce años y me quedo quieta, mirando cómo la muchedumbre va aumentando cada vez más. Y según va pasando el tiempo, tengo la sensación de que mi presión va en aumento. Miro hacia el lado de los chicos y paseo la mirada hasta que llego al sitio en el que están los chicos de quince años. Entre ellos puedo ver a algunos compañeros de mi clase que parecen muy nerviosos. Pero ninguno de ellos me importa. La única persona a la que quiero ver es a Fate. Después de varios minutos le veo cerca de otro de mis amigos, charlando animadamente con él. Suspiro, Fate está relajado... ¿Por qué yo no lo consigo? Miro hacia la puerta del Edificio de Justicia y puedo distinguir a Johnny, el mentor de los tributos del distrito 4, sobre el gran escenario que han montado enfrente del edificio. Parece tranquilo, como si la cosecha no le importara, pero de vez en cuando noto un pequeño tic que tiene en el ojo izquierdo. Después de varios minutos, el presidente Osean sube al escenario y cuenta la misma historia de todos los años. En resumen, que cada año un chico y una chica entre los doce y dieciocho años, de cada uno de los doce distritos de Panem, veinticuatro tributos en total, luchan a muerte en la arena, hasta que solo quede un vencedor. Y éste será colmado de lujos y de riquezas, mientras que los demás morirán. Además, el distrito del tributo ganador, ganará comida y los demás tendrán que seguir luchando para no morir de hambre, como siempre ha sido. En estos momentos me alegro de ser de nuestro distrito, ya que no nos podemos quejar mucho de la comida, pero aun así hay días en los que me he tenido que ir a dormir sin tomar bocado, ya que los agentes de la paz arrasan todo y tenemos que vivir durante un par de días sin comer nada. En cuanto acaba, todos aplaudimos (sin ganas) y Osean se sienta en una de las sillas del escenario. En ese momento la voz chillona de Jenn Kalis (la mujer que representa al Distrito 4 en el Capitolio) resuena en toda la plaza: -¡Felices Juegos del Hambre! ¡Y que la suerte esté siempre, siempre de vuestra parte! A continuación, Jenn empieza a leer la lista de los tributos de nuestro distrito que han ganado los Juegos y que todavía siguen vivos. Han ganado cuatro personas, pero dos de ellas murieron a causa de las heridas o cualquier cosa por el estilo. Así que solo quedan dos vivas: Helen y Johnny. Cuando dicen el nombre del mentor de este año, casi todas las chicas de mi edad lanzan un largo suspiro soñador. Yo, me limito a poner los ojos en blanco. Tampoco creo que Johnny sea tan guapo. Jenn, termina de leer la lista y la guarda. Es el momento de elegir a los tributos. Miro con desgana hacia todos lados, intentando fijarme en cualquier cosa que no sea la gran urna de cristal que hay en el escenario, con todos los nombres de todas las chicas del Distrito 4. Dieciséis de ellas tiene mi nombre, y no es algo que me tranquilice. Segundos después, Jenn Kalis comienza a andar lentamente, con sus tacones de color turquesa, sobre el gran escenario. Da tan solo un par de pasos y tarda menos de cinco segundos en llegar a la gran urna de cristal, pero a mí esos pasos me dan un gran dolor de cabeza y esos cinco segundos me parecen años. Se planta enfrente de la urna y dice: -¡Las damas primero! Veo como una de sus manos entra en la urna y juega con las papeletas que están en su interior, las mueve, las mezcla, va a coger una del fondo, no, una de arriba... Finalmente coge una papeleta, exactamente igual que las otras, salvo por el nombre que contiene. La saca de la urna y la desenrolla. En esas décimas de segundo que tarda la mujer en leer el nombre, la plaza entera deja de respirar. Hasta que, por fin, Jenn Kalis abre la boca para decir el nombre de la chica que representará al Distrito 4 en los Juegos del Hambre. -¡Alexis Bellawave!- resuena por toda la plaza.

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